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Blog de información sobre el mítico bar de Zaragoza, fundado por Valtueña, que tuvo su apogeo entre 1981 y 1983.

EL CULPABLE DE LA MOVIDA

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Josemari (Valtueña), 1981

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jueves, 21 de abril de 2011

Leyes penosas traen proposiciones indecorosas

Me traslado hasta uno de mis queridos antiguos garitos de marcha, por saludar personalmente a un amigo. En la calle, con un hombro apoyado en la jamba de la puerta, fuma una persona a solas. Al acercarme, veo que es Fulanito, viejo conocido, muy buen tío. Amigables, contentos de volver a vernos, cruzamos cuatro palabras y entro.
El local, practicamente está vacío. El ambiente, impoluto. Huele que apesta a algo que recuerda a las colonias para bebé, ¿será por tapar olores anteriormente difíciles de percibir? Me dicen que huele a la ausencia de humo, y pienso que más bien es a las ausencias en general, a todas las ausencias que desde el día 2 de enero han sido.
¿Mantendrán la esperanza de que aún pueda llegar algún no fumador? ¿Quizá otro, o varios fumadores tolerantes con esta ley antiellosmismos, antinosotros?
¿O puede que aquel "amigo" antifumadores recalcitrante, a tomarse su refresquito? ¡Qué bien lo pasábamos! ¡Viva el cachondeo! No se creía que, en cuanto pusiesen la ley, tendría que beber solo y con mono de humo pasivo, seguro que incluso buscar otro lugar. Los garitos de marcha dejan de tenerla si se la cortan. Cuánto nos reíamos. Ahora ya no. No nos vemos. Al entrar en vigor la ley, desechó nuestra saludable relación.

Pido un chupito de trago a mi amigo. Me lo beberé en tres o cuatro: el tiempo justo para cultivar y no perder la amistad del todo, como se ha perdido nuestra buena y dilatada complicidad de barra y algo más. Hablamos. Entra Fulanito. Se nos acerca y me dice: ¡Qué raro eres, Valtueña! No sabes cómo se te echa en falta.
Hablamos. Tras el cuarto trago, con el vaso de chupito vacío y la mano en el bolsillo dispuesta a pagar, me vuelve a decir: ¡Qué raro eres, Valtueña!
¿Me está llamando intolerante por no pisar los garitos en los que no me dejan ser yo... por defender mi libertad...?
Saca un cigarrillo. Lo mantiene en una mano con los codos apoyados en la barra, mirándome, mientras con la otra, provocativo, a punto está de hacer girar la ruleta de su encendedor. Le pregunto: ¿Lo vas a encender? Contesta mirando el cigarro: ¡Qué raro eres, Valtueña!
Mi amigo, su amigo, nos mira preocupado desde el interior de la barra, y le digo: Tranquilo. No tienes antifumadores. Nadie se dará por molestado. Llama a la policía y te quedas como dios. Total... no vendrán... Y si sí, ni se molestarán por ver cómo se consume lo que se ha consumido abiertamente toda la vida y se vende aquí misjmo. Que la policía no es tonta. A no ser que, de casualidad..., que alguno habrá, nos toque algún antifumadores. En todo caso merecería la pena arriesgarse a pagar treinta euros sólo por mancillar este santuario.
Fulanito, tras escuchar: "Venga, Valtueña, no empieces a revolucionar", y ante la mirada fulminante de nuestro amigo, esconde el cigarro en la palma de la mano, mientras me dice: Oye, ¿no te saldrás a echar un cigarro conmigo?
[Una indecorosa proposición. Sin pretenderlo, está ofendiendo mi dignidad como persona. Nunca jamás había oído semejante cosa de alguien en sus cabales. Esto me retrotrae a cuando mi amiguito y yo, con cinco o seis años, nos íbamos a la acequia de atrás de casa para echar un cigarro a escondidas de nuestros padres.
¡Qué pena, tener que verse obligado a quedar con alguien para pasar un momento agradable con lo que nos vende el gran padrastro, escondiéndonos, en la puta calle, de nuestro papá Estado!
¡Qué pena dan los solitarios que fuman solos en la puerta!
¡¿Qué pena de ley es ésta?, que obliga a emborracharse al solitario, para que el amigo no deba abandonar su trabajo si lo despiden por falta de clientela, aunque entre chupito y chupito tenga que seguir en la puerta, sin su amigo!]
Mi contestación, claro, es: Perdona, Fulanito. Cuando cambiemos esta ley nos lo fumaremos aquí dentro tan a gusto como siempre (él se queja como casi todos, pero, como casi todos no ha movido un solo dedo por intentar cambiarla). Ahora ya, necesito otros aires, aires en los que mi espíritu pueda respirar.
Paga mi chupito y salimos a la puerta. Nos despedimos y enciende su cigarro. No me ha vuelto a llamar raro.

Llego a uno de mis nuevos garitos. Es pronto. Todavía no hay marcha. Hay... partido. Sus dieciséis mesas y sus quince metros de barra se ven a rebosar. Chicos, chicas, gente joven sin más, papis, mamis con niños, gente mayor sin más y solitarios acompañados, nos vemos contentos y felices compartiendo un espacio de libertad. Las copas vuelan alborotadas. Las puertas, que permanecen abiertas de par en par, facilitan el trasiego de la gente y el de los aires espirituosos.
Y me pregunto ¿cuántos fumarán realmente de las ciento cincuenta personas que habrá aquí? Porque, salvando a los niños, sólo dos tercios de ellas tienen un cigarro encendido.
Me preocupan esos tres tíos con pinta de secretas que hay en la barra a mi lado. No nos vayan a joder el chiringuito. Pero bah, nada, pura psicosis. El que se acaba de encender ahora el pitillo es que no fumará tanto como yo.
Pasan las horas y los otros dos permanecen sin fumar. Sin embargo, cuando me voy, me alegra que parezcan continuar llevándose bien.
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